Érase una vez, una pequeña niña negra, que tenía una gran preocupación.
Era negra como las noches de lluvia, con unos ojos blancos color algodón y con unos labios marrones acaramelados que le daban un aire infantil y dulce. La niña negra, que siempre se reía dejando ver unos hoyuelos profundos y marcados, hoy estaba triste. No, no estaba triste. Estaba enfada. Sí. Hoy estaba enfadada.
La niña negra vivía feliz, con su padre y con su madre. No le bastó mucho tiempo para darse cuenta de que ella no era igual que los otros niños de su escuela. Y si no se daba cuenta, algunos de los niños más grandes, ya se encargaban de hacérselo saber. Se mofaban de ella y la empujaban por los pasillos de la escuela. Se reían de ella, gritándole: “¡Negra!” como si fuera algo muy malo u algo horrible...
Ella sabía que era negra. Era evidente. Siempre se lo había dicho su mamá y ella siempre lo había visto como algo normal, algo más. Pero muy rápidamente, la niña entendió que ser negra no era nada tan bueno, si era motivo de burla y de ofensa.
Y la niña negra se puso a pensar…Se dio cuenta de que mamá era blanca, blanca como sus amigas de la escuela, a los que nadie molestaba. Entonces eso era bueno. Mamá era blanca, blanca como la nieve, pero papá… Papá era negro, negro como ella. Y rabiosa, la niña negra se dio cuenta de que él era el problema. Si los niños vienen de los padres y tenían cosas de los padres, entonces esa era la ecuación. Ella tenía los ojos de mamá y también los hoyuelos de mamá y la abuela siempre le decía que caminaba igual que mamá. ¡Si! Todo era de mamá. Todo, menos el color. El color de la mofa, el color de la burla era de papa. La culpa era de papa.
Y la niña sentada, esperando a su madre se puso a llorar...
Allí la encontró su progenitora cuando la vino a buscar en la escuela. La niña se hundió más en su tristeza cuando vio a su madre y en un gesto que la caracterizaba y que también era de su madre, se apartó el pelo de la cara antes de tender sus dos brazos hacia ella. A la madre se le paró el corazón cuando vio a su niña llorando. “Otra vez los niños…” pensó. Ya lo había hablado con los maestros. Exasperada, se agachó a su lado y se le compungió el corazón cuando su hija la agarró con un dolor y con una tristeza enorme. La madre se dio cuenta de que había algo más…
- ¿qué te pasa cariño? le preguntó, asustada.
Y la niña levantó su pena y sus ojos enrojecidos hacía su madre y con toda la inocencia del mundo le respondió:
- ¿Por qué no me has escogido otro papa?
Manuelaaaaa, ¡con esta letra en gris no puedo leer nada! ¿no puedes poner la letra blanca? besos
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